Frio, mucho frio...









Camino solo, entre arboles, con la mirada clavada en el suelo. Hace frío, mucho frío, unos dos grados positivos, y para hacerlo más interesante, desde hace unos días, las rachas de viento han aumentado tanto en frecuencia, como en intensidad. Deben ser cerca de las nueve y media de la mañana, y no he madrugado, no hace falta si lo que voy a fotografiar son los protagonistas de las últimas entradas. Las setas, hongos, bolets, o como queráis llamar, ofrecen una oportunidad real de poder llevarte alguna foto aunque el viento sea muy fuerte. Las dimensiones reducidas, y lo bien agarradas que están a la tierra que las vio nacer, hace que no se muevan casi nada, y podamos utilizar velocidades lentas con el trípode.
Hace un rato que salía de casa, miraba a las montañas de La Mussara, y me decía a mi mismo, pero donde vas con el tiempo que hace... pero rápidamente, otra parte de mi, me obliga a desechar la idea de quedarme en casa calentito. Necesito, y esto no es broma, tomar contacto con la naturaleza y utilizarla como válvula de escape, de la presión de la vida diaria, y no es parte de una cursilada para que quede bien. Siempre a sido así a lo largo de mi vida. La fotografía vino después, pero antes ya me metía en cuevas, hacía barranquismo o alpinismo. Al final, lo que me importa no es tanto si me llevo alguna foto que me guste, o si hacía cima, que también, sino el rato que paso hasta encontrarme con ella, o el camino que me lleva al pico más alto de una montaña.
Ahora mismo tengo 37 tacos, para algunos seré un chaval, para otros, un viejo... pero para mi, simplemente estoy disfrutando con lo que hago, y sobretodo, no me importa tanto el resultado en si, sino el camino a recorrer en su búsqueda.

Y después de esta profunda reflexión de la que os he hecho partícipes, sigo con el hilo de la historia.  Después de caminar entre árboles durante media hora, las manos en los bolsillos, y con el gorro hasta las orejas, por fin veo un ejemplar que me atrae lo suficiente para tirarme al suelo. No conozco la especie, pero tampoco hay mucho para elegir, pues está todo bastante seco y el azote del viento a acabado por fastidiar los ejemplares que quedaban, quizás si llueve algo otra vez, pueda volver a fotografiarlas. Empiezo a sacar los cacharros de la mochila "Macro" y lo voy colocando a mi alrededor, nada lujoso por cierto. Un espejo de coche, un cartón de leche abierto y apto para utilizar su superficie alumizada del interior, varias agujas de coser, un sobremantel de plástico translucido, y el beanbag más chillón que seguro habréis visto.


Empiezo a darle forma a la imagen. Primero quito una ramita, luego otra, se me caen dos encima..., vuelvo a componer, vuelvo a enfocar, y hago la foto. Reviso desde una poción nada cómoda, pues literalmente estoy acostado de lado junto a la cámara. Todo lo largo que soy, que no es mucho, se encuentra tumbado y haciendo contorsionismo alrededor de una seta que no me llena la mitad de la palma de la mano. En esto que me sobresalto al encontrar a un paisano recogiendo setas que me entra por la izquierda, y que os lo juro, tenía la cara de no entender nada de lo que veia. Como va? me pregunta, pues nada, aquí tirado en el suelo, le respondo sin cambiar la posición y mirándole desde el suelo... La situación como podéis imaginar, fue bastante cómica, al menos para mi, porque el se alejo de allí, despidiéndose educadamente eso si, sin haberle quedado claro porque merecía tanto esfuerzo esa seta, que además no valía para comer... y no, para comer no, pero la hora que me pasé al lado suyo, ya fue suficiente recompensa para mi.

Saludos,
MA


© Miguel A. Salor

© Miguel A. Salor


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