Pongamos que hablo... de Madrid. Parte II












Siguiendo con la anterior entrada, que lo dejé en la visita a La Catedral de La Almudena, continuo el recorrido de estas mini vacaciones en Madrid.

Subiendo por la calle Mayor, nos dirigimos a degustar un clásico intemporal de la gastronomía madrileña. Este no es otro que "El bocata de calamares". Siguiendo el consejo de un amigo, buscamos un bar ubicado justo antes de la entrada de la Plaza Mayor, donde un camarero te los prepara recién fritos, y como compañero, una caña de cerveza bien fresquita, y lo mejor de todo, a un precio más que económico (2,85€ el bocata). Una vez tachado de la lista de visitas importantes, entramos en la Plaza Mayor.

Plaza Mayor.

Como su nombre indica, de dimensiones muy generosas, lugar donde se ubicaba el mercado más importante de la villa. Muy parecida a otras tantas repartidas por nuestra geografía, aunque como todo en Madrid, tamaño XXL. Con gran cantidad de negocios de restauración en los soportales, y terrazas para disfrutar del Sol, la Plaza Mayor nos recibe con una temperatura muy agradable, y le dimos la vuelta entera, cotilleando un poco, fijándonos en las tiendas de sombreros, y atendiendo a los detalles arquitectónicos bajo una luz cálida que bañaba la plaza.


A la entrada de la Plaza, no se me escapo este momento. © Miguel A. Salor

© Miguel A. Salor

© Miguel A. Salor

Después, nos pusimos en marcha a seguir nuestro recorrido. Próxima parada, El Mercado de San Miguel.


Mercado de San Miguel.

Otro de los puntos marcados como fijo en la visita de la zona centro de Madrid. Antiguo mercado, hoy reconvertido de una manera sorprendente. El tema es el siguiente, los puestos siguen existiendo, pero todo el recinto trabaja a modo de gran centro de la gastronomía, y al igual que podías encontrar en el antiguo mercado, la compra que hacemos, nos lo podemos tomar allí mismo, en cualquiera de las mesas y taburetes colocados de forma acertada en el centro de la nave, y de esta manera, dejar libre el pasillo que rodea los puestos, dejando que se nos haga la boca agua al acercarnos a las vitrinas.
Baratos, pues no son, pero tampoco algo insultante, y la calidad es soberbia. Ostras, pinchos, frituría, encurtidos, y mucho más podemos encontrar en las paradas, que dicho sea de paso, han sufrido una transformación más que aparente, y muestran una decoración muy cuidada y pensada para agradar al primer instante que te acercas, incluido los uniformes de los trabajadores. Así que le han dado una vuelta de rosca al concepto de mercado de barrio, transformándolo en una experiencia gourmet.


© Miguel A. Salor

© Miguel A. Salor

Después de picar algo, sería poco, porque el plato fuerte vendría a la hora de comer. Cochinillo al horno nada menos, por lo que debía reservar sitio para semejante homenaje para celebrar mi cumpleaños. Una vez digerido el infeliz animal, que por cierto a mi me hizo muy feliz, y someterme a una siesta reglamentaria, por la tarde seguimos con nuestro circuito. Siguiente parada, La Plaza España.

Plaza España

Bajando por la Gran Via, nos detenernos a fotografiar el inconfundible edificio Capitol, de donde se erige su famoso cartel de Schweppes, tan conocido por la escena final de la película de Alex de La Iglesia, El Dia de La Bestia.


© Miguel A. Salor


Llegamos a la Plaza de España, donde al atardecer, la luz que refleja en los edificios, como el Edificio España y la Torre Madrid. Dos edificios emblemáticos de la Capital, símbolos antaño del auge del poder financiero y de negocios, que se ubicaron en la Gran Via Madrileña, y que con su majestuosidad ofrecen un fondo con mucha personalidad si los contemplamos desde la Plaza.


© Miguel A. Salor


La otra gran sorpresa, es el homenaje, en modo de monumento, a nuestro escritor más universal de todos los tiempos, Miguel de Cervantes. Con la figura inconfundible del hidalgo caballero y su sirviente Sancho Panza en la parte baja del mismo, y la efigie del genio de la letras, colocado en una posición retrasada y superior, desde donde parece enorgullecerse de su obra, y sus protagonistas. 


© Miguel A. Salor

Los reflejos en la fuente, deforman la realidad de quien observa. © Miguel A. Salor

Siempre educados, los turistas japoneses nos regalaban posturas bastante graciosas y a la vez difíciles de imitar con la cámara en la mano.
© Miguel A. Salor


La tarde avanzaba, y nuestro plan era terminar el día visitando el templo de Debod. Solo debíamos andar una distancia de unos 200 - 300 metros, y llegaríamos a nuestro destino final de nuestra agenda.


El Templo de Debod

Con el tiempo justo para ver la puesta de Sol, y los últimos rayos del día acariciando las piedras de este monumento, regalo de Egipto al gobierno Español, a modo de agradecimiento por la ayuda recibida cuando la UNESCO requirió de ayuda internacional para salvar los templos de Nubia, a causa de la construcción de la presa de Asuan. Con una antigüedad de 2200 años, es una maravilla que nos transporta a otra época, y que para los que no hemos tenido la fortuna de viajar al país de origen, te hace entender un poco la dimensión de las obras faraónicas que fueron capaces de llevar a cabo, miles de años A.C.


© Miguel A. Salor

© Miguel A. Salor

Con las últimas luces, me encontré una plaza llena de gente, aguardando el mismo momento. Turistas como yo, y residentes que paseaban, hacían deporte, o como yo, sacaban alguna foto.



© Miguel A. Salor

© Miguel A. Salor

Como nota curiosa, tuvimos la coincidencia de ver a Javier Sierra, escritor español de reconocido prestigio por las novelas de misterios históricos, y asiduo del programa Cuarto Milenio, presentaba su último libro (este hombre no para), y el templo de Debod fue el lugar elegido.

Y esas son las cosas que uno se puede encontrar si viaja a Madrid, que a la vuelta de la esquina, o en la misma acera por la que caminas, están filmando un anuncio, o te encuentras un photocall del famoseo en la Plaza Callao. Y son las cosas que fascinan, porque la sorpresa, siempre es un elemento con el que hay que contar cada día, y está ahí, se puede palpar en el ambiente, es algo, una sensación, que únicamente lo puedes vivir si visitas La Gran Via Madrileña. Y es que por algo se dice, que La Gran Via nunca duerme. 

Saludos,
MA


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